-Sí- me dijo- Soy ciego y me he perdido, Si usted me hiciera el favor de indicarme dónde estoy, no necesitaré de más para orientarme.

A todo esto el perro había cesado de ladrar y aguardaba pacientemente. Pero en cuanto el ciego, una vez encaminado por mi, echó a andar, el perro se alejó por su lado, con un trotecillo que reflejaba la satisfacción de haber socorrido a un extraño.
E.J.H. (1956)